En la infancia, las experiencias son fundamentales para aprender, conocer nuestras capacidades, asumir riesgos, hacer amigos y construir esos recuerdos que, cuando somos adultos, nos hacen reír, nos emocionan o incluso nos motivan a aprender algo nuevo. Son esas experiencias las que terminan moldeando lo que nos mueve en el día a día.
Sin experiencias que nos hagan reír (o llorar muchas veces), no sabemos realmente cómo enfrentaremos la adultez.
Hoy vemos cómo pasamos gran parte de nuestro tiempo dentro de espacios cerrados. A eso se suman los niños que pasaron dos años de pandemia encerrados, muchas veces sin contacto con la naturaleza y, en el caso de los hijos únicos, con pocas oportunidades de compartir con otros niños.
Entonces, ¿cómo esperamos que un niño tenga experiencias y recuerdos imborrables si limitamos gran parte de su tiempo a la casa, los videojuegos, las tablets y los teléfonos?
Cuando le hemos preguntado a un niño cuál es su recuerdo o experiencia favorita, nunca nos hablan de cuando dieron vuelta un juego, ganaron una copa virtual o construyeron el último edificio en Minecraft (que, por cierto, me gusta mucho por lo que aporta a la creatividad cuando no se utiliza de forma violenta). Lo que recuerdan es el partido en la plaza, cuando nadaron en el mar, cuando se cayeron subiendo un cerro o cuando exploraron un lugar nuevo con sus amigos.
¿Por qué?
Y esta es solo mi opinión, basada más en la observación que en estudios psicológicos: cuando estamos en la naturaleza, todo nuestro cuerpo vive la experiencia. Todos nuestros sentidos —los cinco que conocemos y muchos otros, como la propiocepción o la interocepción— están sintiendo y participando de lo que ocurre. No son solo nuestros ojos y nuestra mente dando instrucciones para apretar botones.
Y no es que no me gusten los videojuegos ni la tecnología; al contrario, me encantan. Pero creo profundamente que debe existir un equilibrio.
¿Quién, si no nosotros, los adultos y padres que tuvimos la oportunidad de aburrirnos, de explorar y de salir a la calle con más autonomía, puede hacerse cargo de recordar que la infancia necesita tiempo en la naturaleza?
Y no solo durante las vacaciones.
La naturaleza debería formar parte de la vida cotidiana de los niños, todos los días, o todas las veces que podamos llevarlos !
Caro
Co - Fundadora Biofeeling.
¿Cómo separarnos de la naturaleza? Pienso que es algo imposible, pero de alguna manera sí lo hemos logrado.
¿Por qué? ¿En qué momento nos empezó a molestar?
Gran parte de la culpa se atribuye a la industrialización y a toda esta época que vino, de alguna manera, a solucionar muchos problemas, pero sin que viéramos que también traía otros. Como ocurre con gran parte de las creaciones humanas, estas ideas nacen en la búsqueda de algo mejor para nosotros mismos y para la sociedad, pero en algún punto ese equilibrio se quiebra y nos pasamos al otro lado de la balanza.
Sé que aún hay personas que viven de manera más natural, pero hablo de quienes nacimos y vivimos en ciudades, donde cada vez es más difícil encontrar un tomate sin envoltorio y tierra donde pisar.
Somos de esos que se van a acampar buscando justamente aquello que la época de la industrialización quiso eliminar. Es cierto que ahora vivimos mucho más gracias a la higiene, la vacunación y la posibilidad de refrigerar alimentos, pero también es cierto que tenemos menos ganas de tener hijos y que vivimos desconectados, sometidos a un estrés constante para vivir o sobrevivir, manteniéndonos en permanente estado de alerta.
¿Dónde encontramos el equilibrio?
En esa búsqueda personal encontré el diseño biofílico, que si bien hoy parece algo novedoso y muchas veces genera miradas extrañas cuando lo menciono, no es nada más ni nada menos que utilizar elementos o inspirarnos en la forma en que vivíamos en contacto con la naturaleza para mejorar nuestro bienestar.
Su fundamento es simple: somos parte de la naturaleza y no podemos relegarla únicamente al verano o a los fines de semana largos.
Para mí resulta extraño hablar de la innovación del diseño biofílico para el bienestar, porque no es algo que yo haya inventado ni una manera completamente nueva de resolver un problema. Podría considerarse innovación en términos de aplicación, pero en el fondo estamos retomando cosas que ya sabemos que nos son naturales.
Entonces el diseño biofílico se transforma en el puente, entre vivir en ciudad pero disfrutar los beneficios de la naturaleza, y porque no que nos invite a buscar ese bienestar en la Naturaleza.
Caro
Co - Fundadora Biofeeling.